Mi tatarabuelo, el Almirante Cervera, no es ningún facha

Defendió a la I República, batalló contra el imperio USA y murió 13 años antes de que el fascismo naciese en Italia

Nunca fue un «facha», y no es la primera vez que políticos intentan ensuciar su nombre

Su tataranieto dice que era «simplemente español». Dice más: «Las palabras de Colau son ejemplo de una tendencia muy española: el desprecio por nuestros héroes y nuestra historia»

Cs y PP critican a Colau por tildar de ‘facha’ al almirante Cervera y quitarle una placa

El pasado domingo, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, presidió un acto en el que se cambió el nombre de una calle de la Ciudad Condal para dársela al humorista Pepe Rubianes. Durante su intervención, Colau pronunció las siguientes palabras: «Creo que a él [Pepe Rubianes] le habría gustado que su amado público se haya reunido para quitarle el nombre de esta calle a un facha (sic) y ponérselo al querido Pepe Rubianes». Ese facha al que se refirió la regidora barcelonesa, y que acababa de perder su calle en la capital catalana, no era otro que el almirante Pascual Cervera y Topete (Medina Sidonia, 1839-Puerto Real, 1909). Este marino, mi tatarabuelo, es especialmente conocido por haber comandado la flota española durante la batalla de Santiago de Cuba, el 3 de julio de 1898, con la que se perdieron las últimas colonias españolas en el llamado Desastre del 98.

La carrera de Cervera en la Armada empezó cuando ingresó en la Escuela Naval con tan solo 13 años. Nada más terminar su formación, fue enviado a luchar a Filipinas contra los rebeldes malayos. Allí estuvo a punto de perder la vida en el asalto al fuerte de Pagalugan, pero capturó una bandera enemiga y fue ascendido por méritos de guerra.

De vuelta a la Península, se casó y participó en la guerra carlista. En 1873 defendió el orden constitucional de la Primera República enfrentándose a los rebeldes cantonales en Murcia y en la defensa del arsenal de la Carraca, en Cádiz. Después de la Rebelión Cantonal, fue enviado de nuevo a Filipinas, donde sirvió al mando de la corbeta Santa Lucía y participó en múltiples acciones de guerra. En 1876, ya con el rango de coronel de Infantería de Marina, fue nombrado primer gobernador del archipiélago filipino de Joló. Durante su mandato contrajo la malaria y estuvo apunto de morir. No obstante, Cervera no abandonó en ningún momento sus obligaciones al frente del gobierno.

A lo largo de los años 80 y 90, el marino fue ascendido varias veces y ejerció numerosos cargos relacionados con la construcción de barcos en los astilleros de Toulon (Francia) y de Nervión. De sus manos salió el único acorazado que la Armada tuvo hasta el siglo XX, el Pelayo, y tres cruceros que formarían parte de su flota en Cuba: el María Teresa, el Oquendo y el Vizcaya. En 1891, la regente María Cristina lo llamó como ayudante de cámara y asesor naval.

Aparte de que Cervera murió 13 años antes de que el fascismo naciese en la Italia de Mussolini, el hecho de que el marino defendiera la I República no parece el mérito de un facha. Como tampoco que participara, como ministro de Marina, en uno de los gobiernos liberales de Sagasta. Este cargo civil no era del gusto de Cervera y Topete, que consideraba que podía servir mejor mandando barcos y escuadras. Terminó aceptando porque su nombramiento era expreso deseo de la reina y poniendo por condición que no se redujese el presupuesto destinado a la Armada. Cuando éste disminuyó, en tres meses, él dimitió.

Tampoco suele estar en la hoja de servicios de un facha que Fidel Castro te llame héroe. «Sentimos un gran respeto por los marinos españoles recordando la hazaña de Cervera, algo inolvidable», dijo el dictador en 1998, en una visita a La Habana del buque J.S. de Elcano.

El desastre de Cuba

Esto nos lleva al episodio más conocido en la vida de Cervera, su papel en la Guerra de Cuba. El 8 de abril de 1898 le llegó la orden de partir con su flota rumbo a las Antillas. Existen numerosos testimonios y correspondencia que hablan de que el almirante era muy consciente de que navegaba al desastre. Durante años había emitido quejas al Ministerio de Marina por el lamentable estado de los barcos españoles. En efecto, la flota española era inferior a la estadounidense a todos los niveles. No sólo disponía de menos barcos y de menos hombres, sino que el blindaje de los navíos era menor, así como el número y el calibre de los cañones.

La única ventaja que atesoraba la flota española eran sus destructores, un tipo de barco que inventó el marino Fernando Villaamil (que perdió la vida en la batalla), con blindaje y cañones inferiores a los poderosos acorazados estadounidenses, pero mucho más veloz. El resultado del cruce naval hubiera podido ser muy distinto de haberse producido en mar abierto, pero la flota del almirante necesitaba carbón urgentemente y ningún puerto de las Antillas accedía a proporcionárselo. La única opción era dirigirse al puerto de Santiago de Cuba. Los americanos no tuvieron más que bloquear la bahía para convertir el escenario del combate en una ratonera sin salida.

Las órdenes que recibió Cervera llegaron de Madrid, del Ministerio de Marina. Al tiempo que tenía lugar la batalla, buena parte del Gobierno estaba en los toros. Como dice el ensayista Fernando Díaz-Plaja, el almirante «fue un hombre al que su cerebro informó de la inutilidad de la empresa pero su corazón y sentido del deber impulsaron a realizarla» por obedecer órdenes. Cuando se le mandó salir del puerto «inmediatamente», Cervera escribió al ministro de Marina: «Con la conciencia tranquila voy al sacrificio, sin explicarme ese voto unánime de los generales de Marina que significa la desaprobación y censura de mis opiniones, lo cual implica la necesidad de que cualquiera de ellos me hubiera relevado».

Pero el que firma este texto no es sólo tataranieto del almirante, sino también graduado en Historia. Es por eso que no se pueden obviar algunas críticas a la estrategia de Cervera en la batalla. En los límites que marcaban sus órdenes, el almirante pudo haber optado por otras alternativas, como la sugerencia de Villaamil de realizar un ataque nocturno. Sopesando todas las posibilidades, optó por ir sacando sus barcos de la bahía en orden decreciente de peso y potencia de fuego, de modo que los barcos más pequeños tuvieran opciones de escapar. Cervera quiso salir de día y navegando cerca de la costa para que sus hombres tuvieran más posibilidades de llegar a la costa o ser rescatados. De haber salido de noche, el número de víctimas por ahogamiento habría sido mucho mayor.

Si la estrategia de Cervera fue o no la más acertada es discutible. Su intención fue siempre la de que se perdiera el menor número de vidas. Él mismo navegó a bordo del primer buque que salió de puerto, el María Teresa, procurando atraer sobre sí el fuego estadounidense.

La batalla terminó, por supuesto, en derrota. 343 españoles murieron y 1.890 fueron hechos prisioneros. De vuelta en España, Cervera y sus oficiales supervivientes se enfrentaron a un consejo de guerra por haber perdido la escuadra. Pero el almirante había previsto que el Gobierno procuraría buscar en su figura un cabeza de turco al que culpar del desastre. Por eso, Cervera, horas antes de la batalla, había entregado al arzobispo de Santiago de Cuba un baúl que contenía todos los partes con las órdenes recibidas acompañados de sus propias protestas. Con estas pruebas, los acusados fueron absueltos. Pero los documentos no sólo sirvieron al almirante para recuperar su buen nombre. Cervera publicó una edición con el historial de las órdenes y sus cartas de protesta que produjo gran impacto en la sociedad de la época. Incluso, el libro se tradujo al inglés y se estudió durante años en las academias militares de EEUU.

Las palabras de Ada Colau son sólo un ejemplo más de una tendencia muy española: el desprecio por nuestros héroes y por nuestra propia historia. En el caso del almirante Cervera, quien mejor lo expresó fue Robley D. Evans, comandante del acorazado Iowa, que hizo prisionero a Cervera recibiéndole con honores militares: «Nada hay registrado en las páginas de la historia que pueda asemejarse a lo realizado por el almirante Cervera. El espectáculo que ofrecieron a mis ojos los dos torpederos, meras cáscaras de papel, marchando a todo vapor bajo la granizada de bombas enemigas y en pleno día, sólo se puede definir de este modo: fue un acto español». Tal vez ese sea el problema de la señora Colau: que llama facha a todo lo que simplemente es español.

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